En 2016, la malagueña Diana Navarro publica Resiliencia, una palabra muy de moda últimamente, un álbum en el que la artista remueve sus entrañas para liberar dolor fruto de un bache vital que pasó, a base de catarsis musical.
"El perdón", canción que reconoce no es autobiográfica, fue el segundo sencillo de aquel álbum y representa un canto duro, pero duro, desde el rencor, al amor malo, a la traición y a las relaciones abusivas.
Y si dura es la letra, más duro es si cabe el videoclip. Rodado en un único plano secuencia con cámara fija con un primer plano de Diana Navarro que se agranda y achica en función de las emociones que expresa el rostro de la artista. Y no son pocas.
Empezando en blanco y negro, con rostro de resignación, pasa enseguida a la tristeza dejando escapar una lágrima en el primer Te lo da... que empieza a conmover y a incomodar (por la situación que está contando) si no lo había hecho ya. Sube el tono y muestra seguidamente el sentimiento de impotencia que rápidamente pasa a rencor y de ahí a la liberación a través del reproche, que coincide con un cambio del blanco y negro representativo de la depresión y de la deprimente relación que había llevado hasta entonces al color de la liberación de saber que el sufrimiento por esa relación ha terminado. Es en esos momentos en los que la Diana empoderada y libre arranca nuevos sentimientos al espectador con sus dotes vocales y los acompañamientos de la música (los coros, la percusión) justo antes del giro final de la canción en el que empiezan a sonar los bips del monitor de constantes vitales al tiempo que su voz se quiebra y comienza un lento fundido a negro que termina con el bip indicativo de la muerte. ¿De él? No. De ella.
¿Y todo ello por qué? Porque la historia de este videoclip es de un marido pidiéndole perdón a su mujer en el lecho de muerte y ésta encontrando el valor suficiente para negárselo con su último suspiro.
VALORACIÓN
Uno de los ejemplos de lo grande que es la música y de cómo un videoclip puede encumbrar todavía más algo que ya de por sí es una obra de arte.
Si este videoclip no te emociona en algún momento es que estás vacío por dentro. De hecho, hay docenas de vídeos de Youtube en el que se ve a gente reaccionando a este videoclip, muchos de ellos sin siquiera entender la letra por no hablar español, y no hace falta rascar mucho para ver sus caras y detectar las emociones que en uno u otro momento les han hecho aflorar. Eso tiene mucho mérito.
La lágrima, los zoom, el paso del blanco y negro al color, el fundido a negro... todo eso son recursos que acompañan a un rostro que lo dice todo y sin apenas moverse. El playback (evidentemente no se han grabado voz e imagen juntas) es casi perfecto y de primeras, apenas perceptible y eso que la boca es visible en todo momento.
Podría decir más cosas pero es que realmente no hace falta. Si tengo que definir la categoría de videoclips buenos con un ejemplo, desde luego, sería con éste.
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